MILITARIZACION Y NARCOTRAFICO.
COLOMBIA FOSAS COMUNES DE CUERPOS DESCUARTIZADOS.
Los gobiernos Latinoamericanos despliegan un discurso dual.
Por un lado declaran victorias contra el terrorismo y el narcotráfico y por otra parte convocan a los marines, para impedir el incontenible avance de esos flagelos.
Los cambios de presidente sólo han modificado la forma de gestionar el terror.
Otra función inmediata de las bases norteamericanas es hostigar a los gobiernos antiimperialistas (Venezuela y Bolivia) y amenazar a las administraciones poco confiables (Guatemala, Paraguay, Nicaragua).
Desde Colombia opera una red de organismos de la CIA, que financia las acciones contra gobiernos, movimientos y personalidades antiimperialistas y refuerza las conspiraciones contra Cuba.
Las pistas aéreas construidas en el país brindan, además, cobertura de largo alcance para ejercer un control total sobre el Amazonas.
Colombia ha sido el epicentro de todas las provocaciones imperialistas de los últimos años.
Desde allí se montó la escalada bélica contra Ecuador y ya se lanzaron incontables agresiones contra Venezuela.
Los gobiernos derechistas han quedado al frente de un colosal dispositivo militar, que los empuja a coquetear con guerras informales y eventualmente explícitas.
Estados Unidos militariza la región con el pretexto de enfrentar al narcotráfico.
Pero al cabo de tantas patrañas, este argumento ha perdido credibilidad.
Fue enarbolado por Reagan (1986), utilizado para invadir Panamá (1989) y resucitado para introducir el Plan Colombia (2000).
A esta altura, es evidente que la intervención de los gendarmes sólo conduce a periódicas mudanzas de plantaciones y centros de distribución de un país a otro.
Este reciclado obedece a la persistente demanda de drogas por parte de los compradores del Norte, especialmente en las localidades que no despenalizan el consumo.
Pero el narcotráfico también persiste por los multimillonarios ingresos que genera esa actividad para una vasta red de intermediarios estadounidenses.
Las monumentales ganancias que genera el tráfico han alumbrado también enriquecidas narco-burguesías locales, que ya imponen sus propias formas de administración territorial.
Un sector de origen marginal adiestra su ejército de pandillas y actúa con sostén de amplios segmentos de la burocracia y las fuerzas armadas.
En varios países las clases dominantes coexisten con esta variedad de lumpen-burguesías, que recurren al terror contra las protestas populares y utilizan la filantropía para blanquear el dinero sucio.
El crecimiento desmedido de este grupo rompe la cohesión del estado, disgrega la vida social y genera todo tipo de tensiones.
México se ha convertido en el país más afectado por este proceso de descomposición político-social.
Está corroído por una dinámica “afgana” de penetración de los carteles en la estructura del estado.
Este avance genera incontrolables guerras entre bandas, apañadas por los funcionarios que se disputan el control del negocio.
En el último sexenio se produjeron en el país 22 mil muertos, 7009 desaparecidos y 20 mil detenidos.
Los asesinatos ya incluyen a personalidades de la cúspide del estado.
A diferencia de los años 70 el grueso de las víctimas no son activistas políticos, sino pobladores civiles que han quedado atrapados por el fuego de una guerra mafiosa.
La guerra encubierta ha potenciado, además, una escalada de violencia que utilizan los gobiernos derechistas para hostigar a las comunidades indígenas y perseguir a los trabajadores que resisten los planes de ajuste.
Estas ofensivas incluyen fuertes embestidas contra los bastiones del sindicalismo independiente.
En este contexto la CIA ha sugerido que México podría convertirse en un estado fallido y presiona por el ingreso de un mayor número de marines.
Hay 6000 soldados norteamericanos en la frontera, mientras la DEA y el FBI entrenan fuerzas especiales.
La presencia norteamericana aumenta, además, en una región acosada por el contrabando de armas y la furiosa represión al ingreso de inmigrantes.
Hasta el momento nadie se atreve a enviar tropas.
Esta acción podría tener consecuencias explosivas, ya que existe una trágica historia de intervenciones yanquis en México.
El fuerte sentimiento nacionalista que generaron estas incursiones no ha desaparecido de la memoria del país.
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