BESTIAS POLITICAS DEL GLOBO TERRAQUEO, MUERANSE (Parte II).
EL PLANETA ESTA DE LUTO.
LA CASA BLANCA VS. LA CASA VERDE
En la última COP que apareció el ex presidente Bill Clinton por sorpresa y atacó a la administración Bush, más preocupada en gastar recursos en una guerra de prevención contra el terrorismo que en políticas proactivas frente al cambio climático.
En un clima tan lleno de “factores humanos”, cambia de sentido un documental firmado por el que solía ser “el siguiente presidente de los Estados Unidos”, como se presenta Gore, que encima adereza su ponencia con interpelaciones tentadoras al pueblo norteamericano para que deje de ser el villano que ensucia el planeta y sea el héroe que lo salva, como cuando derribó al comunismo o alunizó. Sobre todo porque La verdad incómoda, aunque postula el asunto como una cuestión moral y no sólo política, y aunque enaltece a la naturaleza y achaca a la humanidad su pequeñez relativa, aprovecha también para establecer una pelea de bandos bien terrenales.
El tiene todas las de ganar: tiene de su lado el consenso científico que proyecta un escenario de cine catástrofe, evidencias numéricas y visualmente impactantes y a los organismos internacionales.
Para mejor, en su contra se ubican el enemigo público George W. Bush y su padre, que ya en 1992 se había burlado de Gore llamándolo con desprecio El Hombre Ozono.
Pero ahora el chiste le jugó en contra: mientras Gore se perfila como el nuevo superhéroe, su hijo es un reconocido opositor al Protocolo de Kioto.
Es el villano del clima.
Incluso se ganó por eso la estigmatización generalizada de nuevas sátiras en los medios masivos, como un clip hilarante en el que Will Ferrell lo imita, con preocupación impostada, mientras va mostrando la hilacha cuando habla del derretimiento del hielo y se pregunta a quién le importa tener un lugar para que los pingüinos hagan una orgía, o cuando explica que el mundo, cuando fue creado, también era caliente:
“¿Por qué creen que Adán y Eva estaban desnudos?”.
En tanto, la causa verde se convierte en una defensa atractiva para otros políticos.
En el marco de la presentación del “Informe Stern” en Gran Bretaña, Gore fue mencionado como futuro asesor para cuestiones ambientales de Gordon Brown, el hombre anunciado como sucesor de Blair.
Para llegar a ocupar el cargo de primer ministro, Brown seguramente tendrá que vérselas con el nuevo líder del Partido Conservador, David Cameron, un tory que, en una especie de carrera por ver quién es más amigote de la naturaleza, pidió autorización al Ayuntamiento para poner un molino de viento en su jardín y que va al Senado todos los días en bicicleta. En el estado de California, por su parte, Arnold Schwarzenegger sentó su distancia con la política nacional estableciendo un Plan de Acción Medioambiental, que intenta reducir para el 2050 las emisiones de gas invernadero de California un 80 por ciento por debajo de las niveles de 1990.
Actualmente cuenta con 16 estaciones de servicio de hidrógeno y está construyendo otras 12.
En total, hay aproximadamente 230 ciudades de Estados Unidos que ratificaron el Protocolo de Kioto por su cuenta.
En definitiva, apostar a la supervivencia de la humanidad no deja de ser algo indiscutidamente positivo.
Plantear el asunto con esa simplicidad muestra a los políticos –en tiempos de irrefrenable caída de la popularidad dirigencial– preocupados por cosas “verdaderamente relevantes”.
Eso es algo que ha explotado Gore, que en entrevistas, contesta picardías como ésta: “Ya estoy envuelto en una campaña, pero no es una campaña por una candidatura sino una campaña por una causa. Y esa causa es cambiar las mentes de las personas en todo el mundo, especialmente en Estados Unidos, sobre por qué tenemos que solucionar la crisis del clima.
Si no hacemos eso, el resto no importa en absoluto. ¡No te va a importar cómo serás recordado en los libros de historia si no hay libros de historia, ni nadie para leerlos!”.
Es como si dijera: para qué seguir indagando en qué demonios pasó en el estado de Florida en las elecciones del 2000 si mis gráficos le proyectan tremenda zambullida.
LA MAQUINA DE HACER VERDES
Otras resoluciones del Protocolo de Kioto demuestran de qué manera se intenta convertir los cambios indispensables en algo amigable a los ojos de los grandes poderes económicos, que no sólo inducen el consumo global sino que además son un recurso inagotable de presión frente a posibles políticas ambientales.
Es decir, cómo convertirlo en un buen negocio.
Aquí es cuando las palabras Cambio Climático se acercan a la lógica monetaria.
De hecho, el ítem más omnipresente en todas las últimas reuniones regidas por la Convención es el Mecanismo de Desarrollo Limpio, un sistema financiero que abrió el juego al curioso mercado de bonos de carbono.
Esta iniciativa, en práctica ascendente, consiste en la compra y venta de Certificados de Reducción de Emisiones y Derechos de Emisión de Gases de Efecto Invernadero entre gobiernos y corporaciones privadas.
El axioma sería: la ubicación geográfica de los emisores no afecta el producto final de GEI, por lo que una empresa que arroja varias toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera puede comprar el perdón supranacional invirtiendo en un proyecto ambiental de, por ejemplo, reforestación.
Ante proyectos como ése –“captura de carbono” por parte de los árboles plantados–, de energías renovables o eficiencia energética, se obtienen los bonos de carbono emitidos por la ONU.
Los países subdesarrollados ven aquí un terreno del todo fértil para entrar a un mercado que se perfila auspicioso y alientan la reproducción de proyectos verdes.
Al mismo tiempo, las grandes empresas petroleras y algunas automotrices aprovechan la onda verde.
General Motors presentó su vehículo Sequel, auto eléctrico con autonomía de 480 km entre recargas, mientras Ford distribuye el modelo Focus a batería en Estados Unidos, Canadá y Alemania, y Nissan desarrolla un primer sistema de baterías y de almacenamiento de hidrógeno de alta presión.
Ya hace algunos años, British Petroleum y Shell hicieron anuncios en referencia a las tecnologías limpias.
La Shell publicó una inversión de miles de millones de dólares en infraestructura menos contaminantes como el gas natural o el hidrógeno, explicando que veía allí posibilidades comerciales.
Con esto apuntaba al centro de una cuestión que Gore no dejó de lado en su película, cuando detalló el caso Toyota y sus exitosas ofertas de autos híbridos: no hay que considerar de ninguna manera que la opción limpia genere menos ganancias que la sucia.
No hay que considerar que esto es una amenaza al sistema.
Pero Barros cree que la dificultad tiene que ver con una reeducación más honda.
Y ahí entra la cultura del auto toda: “Podríamos evitarla. De hecho, en Estados Unidos, en algunas ciudades universitarias han logrado que haya transporte público. Pero entonces necesitamos un buen transporte público…”.
Además, si bien los movimientos ecologistas insisten con los cambios domésticos –ahorra energía, entre las primeras–, él sostiene que las actitudes individuales no llegan a ser tan relevantes: “A menos que nos convirtamos en kamikazes del asunto. Pero es mejor pensar las cosas culturalmente”.
Barros insiste en la necesidad de atender el problema cultural arraigado para revertir el panorama: “El hombre quiere cada vez más comodidades.
Pero esta cultura del consumismo, con sentido o no, tiene la restricción de que el planeta es finito”.
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